La vara del éxito en el cordón de la vereda

Hoy te quiero contar una historia real, que viví en mi estadía en San Pablo durante la Copa Mundial de Brasil.

1 de Julio del 2014, se jugaba el partido que Argentina le ganó agónicamente a Suiza en San Pablo. Como no teníamos entradas para el encuentro, lo disfrutamos tomando unas cervezas en un bar de Vila Madalena con un grupo de seis argentinos que vinieron en camioneta.

Empezado el partido, vinieron dos brasileros de unos sesenta años que hinchaban por nuestra selección. Se sumaron por invitación de nuestros amigos argentinos ya que estos dos señores los habían socorrido frente a una rotura en su camioneta unos días atrás. Como es de costumbre, los hicimos cantar “Brasil decime que se siente…”. Y lo hicieron con un portuñol muy divertido mientras invitaban otra ronda de cervezas.

A lo largo del partido, charlábamos con dos muchachos argentinos que miraban el partido en el mismo bar, pero del lado de afuera de las vallas (sí, los bares te cobraban entrada si querías consumir, y lo delimitaban con vallas).

Finalizó el encuentro con triunfo de argentina. Seguíamos en el bar de Vila Madalena: una calle peatonal que durante todo el mundial había gente las veinticuatro horas del día.

Salimos del bar al ritmo del hit de esos días cantado al unísono. Armamos un Fernet en una botella de Coca-Cola que teníamos en una mochila-heladerita. Seguimos conversando con estos chicos argentinos con quienes nos habíamos abrazado en el gol de Di María durante el tiempo extra, con una valla de por medio.

Uno de ellos me contó que vinieron a Brasil sin dinero y que lo generaban en el día a día haciendo de show callejeros de Tango Electrónico.

Entonces le dije mientras nos sentábamos en el cordón de la vereda de una peatonal repleta de gente:

— Genial, nosotros ponemos el Fernet y ustedes la música.

Sin pensarlo dos veces, sacaron sus instrumentos. Empezaron a tocar. Eran dos muchachos, pero sonaban como cinco.

Cuando la gente pasaba por la melodía, era frecuente que cada uno de ellos se detuviera. Algunos un segundo, otros más. Pero todos se suspendían al menos un poco en la melodía. Se notaba que todos vivían una transición hacia un momento feliz cuando pasaban por ese lugar.

Cuando terminaba alguna de las canciones que tocaban. Los aplausos eran tan reales y agradecidos que el resto de los aplausos que había escuchado en mi vida, me parecían por compromiso.

Después de algunas canciones, una pareja de argentinos armó un círculo y empezó a bailar al ritmo del tango electrónico con un deslizar perfecto. Como si estuviera todo preparado. Pero no lo estaba. Era la misma improvisación con la que Messi había dejado en el suelo a un grupo de Suizos minutos antes, pero ésta vez en una vereda, en la calle, de la gigante ciudad de San Pablo.

Cuando finalizó esa canción, con baile incluido, miramos hacia alrededor y el círculo de gente era inmenso. Muchísima gente que explotó en un aplauso. Recuerdo haber visto a los dos chicos que tocaban, mirarse de reojo. Era una mirada de triunfo. Sus ojos decían: “Esto es lo mejor que nos pudo pasar en la vida”. En ese instante ellos sabían mejor que nadie en el mundo, de qué se trataba el éxito.

Al final del día, tenían que contar las monedas que la gente dejaba en la funda de sus instrumentos. De hecho, eran músicos que vivían de tocar en una vereda de Brasil. Si alguien lo medía con una vara del éxito: estaban fracasando rotundamente. Pero yo los miré a los ojos, y sus ojos transmitían que su éxito era incomparable.

Después me levanté, los saludé. Quise dejar mi aporte en la funda, que obviamente no aceptaron.

Pero en ese instante me di cuenta que había conocido una historia de éxito increíble. Esos pibes eran gente que querían sumar un poco de valor a este mundo. Querían vivir un poco de la magia del éxito y lo habían logrado.

Porque al fin y al cabo, el éxito no es más que hacer todos los días aquellos que amamos intrínsecamente. No importa si lo hacemos en el Maracaná durante la previa a la final del mundo, o en la vereda de una peatonal de San Pablo.

Me sentí tan lleno de felicidad, que lo guardo en un cajón de mi memoria. Para desempolvarlo en aquellos momentos que tu cabeza te quiere jugar en contra. Simplemente, para darme cuenta que hacer lo que disfrutas, no se trata de los escenarios. Porque al fin y al cabo, es la misma sonrisa que te genera patear una pelota en el Camp Nou, que hacerlo en el torneo de fin de semana con tus amigos.

Sobre el autor Ver todas las publicaciones Web del autor

Federico Bongiorno

Creo cosas en Internet que las podes ver en LinkedIn. Viajo por el mundo, escribo y disfruto de emprender. Mi niño interior es mi director creativo y desde hace unos años tomé la decisión de convertirme en un nómada digital a través de empresas en Internet.

Click aquí para escribirme un e-mail.
Además...
Aprende GRATIS mis trucos.